JUAN ALFONSO CARRIZO, DESCUBRIDOR DE LA AMÉRICA POÉTICA.

Marzo 31, 2010 in HISTORIA,Premio | Comments (0)

Por Olga Fernández Latour de Botas

América, como entidad diferenciada, es una creatura de la humanidad animada por el aliento español. Sin España -mensajera de Europa, de África y de Oriente- no puede explicarse a América tal como llegó a ser, porque antes de la hazaña colombina no hubo un concepto de identidad que comprendiera a los múltiples y valiosos desarrollos socioculturales de las civilizaciones y etnias que la habitaban, ni un nombre abarcador de todas, con que se autodesignara y por el cual se la reconociera.
En los umbrales del tercer milenio de la cristiandad y a más de quinientos años de aquel “vuelco del mundo” que conmovió al planeta en 1492, queremos destacar la personalidad de don Juan Alfonso Carrizo, un argentino que reveló, por datos ciertos obtenidos con criterio científico, un panorama ubérrimo de espiritualidad: el del cancionero tradicional de los nuevos pueblos americanos que corresponden al área del antiguo Tucumán .
Parte fundamental del patrimonio folklórico –es decir perteneciente a la sabiduría popular de las gentes – es ese cancionero anónimo, de transmisión oral por medio del canto, que fue recogido por Carrizo para esa vasta región de nuestro país y , gracias a sus estudios, fue posible llegar a la interpretación continental de muchos de los fenómenos que compartimos con otras comarcas así como de las naturales variaciones que cada comunidad impone a su cultura en el libre proceso de transmisión y adecuación de los bienes con los que, en definitiva, el grupo humano se identifica.
Este tesoro poético vale, no sólo por la plasticidad de sus lenguajes, por la riqueza de sus formas y temas, por la variedad de sus funciones y por su relación entramada con la totalidad de la cultura de la comunidad en la que aflora el canto, sino también porque encierra una fuerte lección de la Historia tal como la entendía Cicerón: Maestra de la Vida. En su cambiante condición de calidoscopio cultural, el cancionero popular no reconoce amos y aparece –ya lo hemos dicho alguna vez – como testimonio vivo y latente del triunfo de la cultura en libertad sobre la fuerza de todos los vencedores y sobre la debilidad de todos los vencidos.
De ahí la importancia de destacar la vida y la obra del ilustre investigador y verdadero descubridor de la más profunda América poética, que fue Juan Alfonso Carrizo.

LA VIDA EN UN CANTO
ORÍGENES
Dicen que en Piedra Blanca
nació – ¡y en manto!-
Juan Alfonso Carrizo.
¡Qué afortunado!
Se dice que hace de esto
más de cien años
y que el gran Fray Mamerto
fue su paisano.
Dejen nomás que digan,
que yo lo canto.

San Antonio de Piedra Blanca sería, hacia fines del siglo XIX, un típico pueblo “vallisto”: rodeado de cultivos, con su plaza, su iglesia, su escuela, casas bajas donde no faltan ni el horno ni el telar, el río que se hace torrente en verano, las majaditas que vuelven al corral junto con los tornasoles del atardecer. Un pueblo, le llamamos –con palabra de tan abrumadora polivalencia- porque en nuestro país hemos perdido bonitos lexemas hispanos como “aldea” o “villorrio”, aunque usamos villa, poblado y especialmente “pago”, también muy aplicable al hogar natal de Carrizo por su ascendiente etimológico latino de pagus, “viña” o “casa con viña”, ya que casi no hay una en aquellos lugares que no posea un parral, como también olivos e higueras para completar un paisaje casi bíblico.
Ubicado a unos diez kilómetros de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, junto al camino que lleva de la capital a la cuesta de Sínguil y a Tucumán, San Antonio de Piedra Blanca tuvo el honor de ser testigo en 1826, del nacimiento de un ilustre patricio y sacerdote admirable, Fray Mamerto Esquiú –llamado más tarde “el orador de la Constitución” – cuyo nombre lleva actualmente ese pueblo.
Suelen cometerse errores en cuanto a la fecha de nacimiento de Juan Alfonso Carrizo, el más frecuente de los cuales es confundirla con la del 15 de marzo, día en que fue anotado en el Registro Civil, un mes más tarde, “para no abonar la multa de ley” ( anota Jacovella en 1963 la recordada confidencia de su amigo) por haberse dejado estar en este trámite sus padres -don Ramón Delfín Carrizo y Aráoz de Lamadrid y doña Ramona Magdalena Reinoso- ya progenitores, desde su matrimonio celebrado hacia 1883 por el legendario padre Ramón Rosa Vera, de otros cinco párvulos. Sexto hijo, pues, de un hogar típico de aquellas “chacras”, donde se estimaba la instrucción y se cultivaba la Fe, Juan Alfonso nació el 15 de febrero de 1895, y lo hizo, de acuerdo con la tradición familiar que ha recogido también don Bruno Jacovella, “envuelto en las membranas fetales”, lo que según la creencia popular que llama al hecho “nacer en manto”, es augurio de buenaventura.
¿Fue en realidad dichoso? En lo personal no careció de golpes de infortunio como, por ejemplo, “casi en luna de miel”, debió sufrir la pérdida de su primera esposa, doña Alicia Aurora Mónico, joven descendiente de una distinguida familia salteña. Casado nuevamente con doña Petrona del Carmen Cáceres – la inolvidable doña “Pichu”- vivió una existencia atípica para un maestro normal, que es lo que por su titulación era, pues ejerció poco la docencia en las aulas. Con los debidos permisos institucionales, que mucho le costaba obtener de los diversos funcionarios habilitados para ello, se dedicó, en cambio, prioritariamente, a su singular pasión: la búsqueda y el registro de los textos poéticos correspondientes a los cantares tradicionales del pueblo, complementada por la de reunir una selecta y nutrida biblioteca de carácter universal, sobre los temas de su especialidad. No tuvo hijos, pero sí sobrinos muy queridos que soy hoy sus herederos y mantenedores del fuego de su recuerdo, junto con contados discípulos y legión de lectores (incluidos los propensos al saqueo).
Pese al bucólico encuadre de su origen, la vida de Carrizo como investigador del folklore poético argentino no se deslizó siempre por cauces de placidez. Es que la armonía de un hombre con su cultura raigal, que se daba en Carrizo, debería constituir una circunstancia feliz, si no fuera que tal armonía se revela, generalmente, por oposición, por reacción contra la desarmonía –que ese hombre percibe- entre aquella cultura y las transformaciones que se operan en el medio social de su lugar y de su tiempo.
Esas tensiones se manifestaron claramente en la vida y la obra de Juan Alfonso Carrizo, maestro de maestros, salvador e iluminador insigne del tesoro poético de tradición hispana e hispanoamericana en el noroeste argentino. Y tal vez fueron ellas las que movilizaron los mecanismos generadores de su extraordinaria capacidad de trabajo, las que signaron las dimensiones de su tarea, la gigantesca envergadura de su obra editada e inédita.
No pocos fueron los desencuentros que debió afrontar Carrizo con sus contemporáneos por su rechazo de las manifestaciones gauchescas de segundo orden, criollistas de circo, indigenistas sin fundamento antropológico y de otras vertientes literarias e ideológicas que – con razón o sin ella- consideraba no compatibles con su concepto de lo nacional y con su praxis inconculcable del catolicismo.
Probablemente halló en aquellos obstáculos menos de disgusto que de energía para seguir. Las palabras del Cid parecen haberse hecho suyas: “Mis arreos son las armas, mi descanso el pelear”… y allí iba con la mula, el camión municipal de recoger residuos o el viejo auto de algún amigo, a continuar su tarea de rescate, su cosecha poética.
Por lo demás, “la fortuna ( o la Santísima Virgen, que viste también manto) jamás lo desamparó”, afirma Jacovella.

MEMORIA.
Locros catamarqueños,
frutos de higuera,
grande hicieron su cuerpo,
cual su alma lo era.
Y grande su memoria,
que hoy es leyenda.

En el ejercicio de aquella memoria, que era como la prodigiosa síntesis de la memoria de todos sus coterráneos, halló tal vez Carrizo momentos de plena felicidad; y no era raro que, sentado con sus rebosantes ciento treinta – ¡o más!- kilos de peso, ante una mesa de la confitería más céntrica de la ciudad de San Miguel de Tucumán, se aviniera con gusto a recitar a quien quisiera oírlo coplas y décimas que, aunque no las cantaba, salían de sus labios con toda la belleza, la gracia y la sabiduría de la tradición viva Él las había descubierto, documentado ,“salvado” del olvido y sometido a crítica erudita, pero además, al margen de la ciencia, su memoria las devolvía con frescura plena, porque Carrizo, que nunca fue poeta ni músico, era también un portador legítimo de aquella tradición. Por otra parte, como él nos lo revela en el Discurso preliminar de su Cancionero popular de La Rioja ( 1942, tomo I, La búsqueda, p. 135 – 283 ) el completar cantares a medio decir y el recitar versos para motivar la efusión de otros en los circunstantes constituían recursos fundamentales de su método heurístico.

La existencia como misión.

Con la Fe como guía
iba buscando
todo lo que las gentes
dicen cantando,
cuando cuentan, o ríen,
o están llorando.

Si alguna sensación prima tras la lectura de la extensa producción dejada por Carrizo –investigaciones, ensayos, recopilaciones anotadas, contribuciones a la historia de la ciencia, aportaciones pedagógicas, folklorísticas, filológicas y toponímicas- ella es la de que toda esa obra ha sido realizada en cumplimiento de una misión.

Aceptado este aserto resulta más sencillo comprender cómo un maestro catamarqueño, sin bienes personales de fortuna ni otros ingresos que los de dos cargos de docente nacional, pudo recorrer personalmente, palmo a palmo, cinco provincias, recolectar cerca de treinta mil cantares y publicarlos anotados con la mayor erudición. Revelaba Carrizo un patrimonio cultural de virtudes tan evidentes, que esa labor ciclópea – abonada por algunos antecedentes que la valorizaban como las obras de Ventura R. Lynch, de Andrés Chazarreta, de Jorge M. Furt, de Manuel Gómez Carrillo y aún de los maestros de las escuelas Láinez que trabajaron en 1921 en respuesta a la Encuesta Folklórica del Magisterio organizada por el Consejo Nacional de Educación- le valió el apoyo de las máximas autoridades universitarias de Tucumán y de funcionarios y políticos del más alto nivel nacional.

El verdadero padrinazgo que, desde la cumbre de la cultura y de la sociedad tucumanas, le brindaron los doctores Ernesto E. Padilla, Alberto Rougès y Juan B. Terán, hizo posible, con su comprensión y aún con su firme exigencia de resultados, aquella tarea de investigación de campo que, sin desfallecimientos y cada vez con frutos más abundantes, realizó Carrizo en el noroeste argentino entre 1928 y 1943.

Los ilustres tucumanos tenían altas miras educativas para la aplicación de los cantares que, como claros emergentes del excelso Siglo de Oro español, eran recogidos por Carrizo en sus Cancioneros. Sobre esa base proyectaron diversas acciones que debieron tener a Carrizo como protagonista, entre las cuales son las más destacables, primero, el intento de reunir en diciembre de 1935 un Congreso de Folklore Hispano e Hispanoamericano y, segundo, la creación del Instituto de Folklore de la Universidad de Tucumán, con autonomía para la especialidad a diferencia del de Historia, Lingüística y Folklore que entonces funcionaba en el Departamento de Investigaciones Regionales. Digamos que, sin embargo, las cosas no resultaron como se esperaba. El primero no pudo realizarse por falta de apoyo de ciertas figuras prominentes de la intelectualidad argentina ubicadas, como el doctor Ricardo Rojas, en lo que consideraban una línea más “americanista” de investigación y debió esperarse hasta 1942 para que, con el concepto de Folklore excluido de su denominación (como por no bajar el nivel del encuentro), se realizara en Buenos Aires, con patrocinio presidencial, el Primer Congreso de la Cultura Hispanoamericana en cuya sesión inicial de estudios Carrizo pronunció la conferencia medular. En cuanto al segundo, que logró concretarse gracias a la presión ejercida por Rougès, razones de salud parece que impidieron al estudioso catamarqueño hacerse cargo de su dirección .

Ernesto Padilla y Alberto Rougès, por otra parte, se desempeñaban en esos años como integrantes de la Comisión Nacional de Cultura, donde no sólo trabajaron en el otorgamiento de becas a los investigadores de la especialidad, sino que realizaron también un amplio plan para la documentación de la música y las danzas folklóricas a partir del decreto inspirado por Padilla que creó en 1936, como dependencia de la Dirección General de Enseñanza, una Sección dedicada al Folklore.

En el espíritu de aquellos hombres estaba el firme propósito de defender el patrimonio nacional y de mantener su integridad frente a las corrientes cosmopolitas, por ello el apoyo dado a las investigaciones de Carrizo y su afán por alentar también la recolección de la música de los cantares. Sabemos por el testimonio de Isabel Aretz, quien lo dice en el Prefacio de su obra de 1940 Música tradicional argentina. Tucumán. Historia y Folklore , que esta última labor había sido ya proyectada para Tucumán en 1914 por el doctor Juan Heller . En el período que nos ocupa se la encomendó nada menos que a Bruno Jacovella -que además de escritor, folklorista y filósofo era también músico- con la colaboración de Mario Ezcurra Santillán, y especialmente a la joven concertista, compositora e investigadora Isabel Aretz, quien fue invitada, y hoy se complace en recordarlo, por iniciativa de Juan Alfonso Carrizo . Sólo cuatro años después de aquella convocatoria, la ilustre musicóloga dio a conocer su magistral obra antes citada que es la piedra angular de esta materia para dicha provincia..

En 1944, cuando las autoridades nacionales surgidas de la revolución del año anterior, instalan a Carrizo en Buenos Aires al frente del Instituto Nacional de la Tradición, comienza una etapa distinta en la vida personal y en el trabajo intelectual del estudioso. Las nuevas funciones y las distancias que median entre Buenos Aires y el ámbito geográfico de sus investigaciones hicieron imposible que Carrizo continuara con una labor de recopilación de campo en la que, por otra parte, estaban trabajando Carlos Vega desde 1931 y, como ya se ha dicho, su joven discípula Isabel Aretz desde 1939, en el doble aspecto que presenta la externación espontánea y funcional del cancionero folklórico: el poético y el musical, incluyendo en este último lo coreológico y la organología.

Aunque el Instituto tuviera en su personal a estudiosos de innegables valores intelectuales no sólo en los cargos directivos -con Manuel Gómez Carrillo como Vicedirector y Bruno C. Jacovella como Secretario Técnico- sino también en el equipo investigadores de especialidades diversas -con Julián B. Cáceres Freyre, Jesús María Carrizo y Guillermo E. Perkins Hidalgo como Investigadores viajeros y Manuel J. Herrera como Bibliotecario- llevar su comando científico y sobre todo administrativo no constituía parte del camino elegido por Carrizo para el cumplimiento de aquella “misión” que mencionamos. Así fue como, presionado además por exigencias de la política cultural entonces vigente, prefirió arrinconarse en su tarea de erudito y completar su obra con un enfoque y una metodología de franco comparativismo.

Pese a esas y a otras decepciones, puede afirmarse que, en la plenitud de su vida, Juan Alfonso Carrizo logró una buena cosecha de cargos relevantes y distinciones valiosísimas. Fue miembro correspondiente de la Academia Argentina de Letras y de la Sociedad de Historia Argentina, miembro honorario de la Sociedad Folklórica de México e integrante de la institución Folklore de las Américas. Fue asimismo miembro fundador del Instituto de Historia, Lingüística y Folklore de la Universidad Nacional de Tucumán y numerario de la Junta Nacional de Intelectuales. Recibió numerosos premios, entre ellos el Tercer Premio Nacional de Literatura – entonces tan bien remunerado que con esos haberes adquirió el terreno de la que fue su casa de San Isidro- , y altas distinciones como la Encomienda de Alfonso X el Sabio, otorgada por el gobierno de España a este insigne hispanista que, no obstante ello, nunca obtuvo recursos económicos para poner sus pies en suelo español.

Es cierto que el camino emprendido por Juan Alfonso Carrizo procedía de la inquietud, tan antigua casi como la especie humana, por conocer sus orígenes e interpretar su presente, por los signos de ese pasado, para orientar su futuro. Y también lo es que desde los albores del movimiento romántico europeo la recolección de las canciones populares constituyó el más firme empeño de los estudiosos de la cultura tradicional, por lo que las obras del precursor Johannes Herder, de los hermanos Guillermo y Jacobo Grimm, del finlandés Elías Lönnrot, de los españoles Francisco Rodríguez Marín, Marcelino Menéndez y Pelayo, Emilio Lafuente y Alcántara y Ramón Menéndez Pidal –por citar sólo algunos de los más celebérrimos- proporcionaron a América modelos consistentes.

Cuando -inspirado tal vez en la iniciativa del alemán J. H. Foster que, según lo revela Carlos Vega ( 1982), “ lanzó en 1781, por vez primera, la expresión Völkerkunde ” o “ciencia de los pueblos” para lo que hoy llamamos Etnología- el anticuario británico William John Thoms propuso en su artículo publicado el 22 de agosto de 1846 en el semanario londinense The Athenaeum “un buen vocablo compuesto sajón, Folk-Lore”, para designar “aquel sector de las antigüedades y de la arqueología que abarca el saber tradicional de las clases populares en las naciones civilizadas”, sus ejemplos giraban en torno de una rima infantil. Y, para traer a cuento un caso más cercano en el tiempo, recordemos que el famoso cuestionario del francés Paul Sébillot –que sirvió de base a la Encuesta Folklórica del Magisterio d e 1921, organizada en la Argentina por el Consejo Nacional de Educación a instancias del doctor Juan Pedro Ramos- concedía evidente prioridad a la recolección del patrimonio poético.

Según lo expresa el propio Carrizo en su libro liminar, Antiguos Cantos Populares Argentinos. Cancionero de Catamarca (1926), su vocación – que tal vez ya apuntaba en la inclinación del joven estudiante desde 1914, como se expresa en el presente libro- nació de una “composición de aliento” que su profesor de Literatura de la Escuela Normal de Catamarca, don José P. Castro, le dio en 1915 sobre el tema “Antiguos cantos populares de Catamarca”. Este trabajo, al ser leído por el distinguido historiador francés padre Antonio Larrouy, misionero de la Inmaculada Concepción y profesor del Seminario de Catamarca – luego académico de la Historia- provocó en el crítico una reacción inesperada por el joven Carrizo, ufano de haber hecho gala en él de sus conocimientos literarios más que de una verdadera selección de los materiales incluidos. El padre Larrouy rompió en pedazos el escrito exclamando –“¡Lo que interesa son los versos y no lo que usted piensa de ellos! (lección por cierto dura pero de extraordinaria actualidad que, sin necesidad de gestos tan severos, debería orientar a los investigadores jóvenes hacia el arduo camino de las fuentes vivas sin cuyo conocimiento no hay especulación científica posible en el Folklore como ciencia).

Diez años después Juan Alfonso Carrizo terminaba y daba a la imprenta su primera colección de versos tradicionales de Catamarca que abrió camino para sus monumentales recopilaciones de las otras provincias del noroeste argentino. La iniciativa de Castro y la reacción de Larrouy habían caído, ambas, en buen terreno, y Jacovella observa que Carrizo, en prueba de afecto y reconocimiento, tuvo siempre un retrato del historiador y misionero francés en su gabinete de trabajo.

Juan Alfonso Carrizo, por lo demás, iría tomando su propia posición en el plano académico. Ni romántico decadente ni positivista extremado, estuvo guiado, en el fondo, por una idea aún más trascendente que la de sustentar nacionalismos culturales movilizadores del poder político entonces en boga. Su doble objetivo, ético y estético, consistía en “salvar” –palabra recurrente aquí porque era la que nuestro biografiado prefería- la poesía tradicional argentina, aquel legado hispánico cuyo principio axial era la Fe católica. Su búsqueda de los “antiguos cantos populares de Catamarca” careció de prejuicios pero fue la realidad del patrimonio fenoménico que se le brindaba sin otras opciones lo que lo llevó a trabajar sobre aquellas dos constantes – hispanidad y catolicismo- aún cuando se mantenía alerta e interesado en todo lo que pudiera emerger de aquel cancionero tradicional del pueblo como rasgo aborigen y buceaba en cuanto testimonio bibliográfico o documental llegara a sus manos en ese sentido.

Eso sí: no toleraba las falsificaciones. La armonía entre lo que cantaba, por tradición oral, el pueblo de su pago nativo, trasunto de lo que Carrizo entendía como parte de un ideal de vida inclaudicable, pronto se enfrentó ante sus ojos no sólo con emergentes disonantes de la modernidad sino, lo que peor era, con una avasallante marea de cultura sustituta de la tradicional, que pasaba por ser ésta última ante públicos desinformados, bajo las máscaras del nativismo –mal menor para Carrizo- y sobre todo de la poesía gauchesca.

Esta última, manifestación interesante y genuina de la literatura rioplatense, se desarrolló con tal fuerza a partir de la aparición en Buenos Aires de la obra cumbre del género, el genial Martín Fierro de José Hernández (primera parte en 1872; segunda parte en 1879), que Carrizo llegó a identificarla – sobre todo en sus secuelas profusas y decadentes – con un verdadero adversario para el modelo secular de la poesía popular tradicional, adversario contra el cual debía él descargar los dardos de su casi arcaica artillería.

No estaba solo en esta empresa el maestro de Piedra Blanca. El “poeta de Buenos Aires”, Jorge Luis Borges, expresaba conceptos coincidentes en su artículo sobre “Las coplas acriolladas” publicado en Nosotros en 1926 . “El cacharro incásico, las lloronas y el escribir ‘velay’, no son la patria”, afirmaba allí Borges, y reclamaba como horizonte para el escritor argentino, la dimensión total del universo. Pero la posición de Carrizo no había de ser comprendida, por ejemplo, por una de las más grandes personalidades de todos los tiempos en materia de literatura argentina, el doctor Ricardo Rojas, quién le negó el prólogo que el joven investigador le había solicitado para su recopilación de Catamarca y selló con ello una bifurcación de caminos que sólo los discípulos de ambos, y en ausencia de los protagonistas, llegaron a zanjar.

Así las cosas, don Juan Alfonso Carrizo se propuso documentar lo que expresaba la voz del pueblo a través de sus cantores y cantoras anónimos , en espontáneas formas de transmisión oral, y establecer las diferencias esenciales entre ese tesoro poético tradicional y las formas “espurias” de la literatura “vulgar” que, si bien mostraban antecedentes en el romancero decadente español, se presentaban entre fines del siglo XIX y principios del XX, en la Argentina, como manifestaciones marginales, de difusión generalmente impresa, propias de un período histórico de efervescencia social, que hoy , en el marco teórico de una Sociología de la Literatura, nos resultan, por diversos motivos, de innegable interés.

En realidad, quien estableció más tarde magistralmente tales diferencias, en textos sintéticos de alta densidad de ideas, fue Bruno Jacovella. Pero ya Carrizo había marcado entre nosotros el camino al descubrir una realidad insospechada para el mundo panhispánico del primer tercio del siglo XX: la letra y el espíritu del cancionero hispano-medioeval estaban vivos y lozanos en la memoria popular del Tucumán. Después sabríamos que lo estaban en toda Iberoamérica.

Juan Alfonso Carrizo entendió que el rescate de aquellas manifestaciones culturales de altos valores éticos constituía su misión y se mantuvo firme en esa huella.

LA BÚSQUEDA DEL TESORO.
Juan Alfonso Carrizo,
¡criollo estudioso!
Del legado de España
¡tan orgulloso!
Que es canto americano,
en castellano.

La consideración de la cultura tradicional como “tesoro” –conjunto de “bienes”, “patrimonio”, “herencia”, “legado”- constituye una figura recurrente en todo el mundo. Hay una certeza de gratuidad en cuanto a la recepción que de ese “haber” de sus ancestros hacen las nuevas generaciones, y un compromiso de conservación y salvaguarda, palabra esta última preferida por la UNESCO en sus reuniones técnicas sobre folklore realizadas en distintos lugares del mundo a partir de la década de los 80.

Los bienes heredados, sin embargo, como en los cuentos maravillosos, no siempre llegan a manos de sus destinatarios de una manera simple. Hay ilusiones ópticas que los ocultan o desdibujan, obstáculos que deben sortearse, enemigos que se oponen a la feliz resolución del conflicto cuyo crecimiento, a medida que la modernidad avanza, es ya un hecho inseparable del traspaso generacional.

Por todo esto, quien, como nuevo cruzado, se proponga vencer las dificultades, llegar a las fuentes de la tradición, recoger el tesoro, ponerlo a buen recaudo y ofrecerlo, por fin, con todo el atractivo de una novedad, para que sea usufructuado en los tiempos futuros, es un verdadero “héroe cultural”. Fue el gran folklorista Augusto Raúl Cortazar quien trajo hasta nosotros, en su libro póstumo Ciencia folklórica aplicada ( 1976) , esta expresión que a él mismo le cuadraba cabalmente, y que también conviene aquí, para describir la postura vital de Juan Alfonso Carrizo.

Sin embargo, y como, por aceptada definición, el héroe es aquel que aspira a reformar al mundo según su idea de la justicia, Carrizo puso a toda su obra el sello de una actitud personal que debemos respetar por sostenida y por genuina y que su ilustre amigo y biógrafo, el profesor Jacovella esquematiza en el marco lúcidamente descriptivo de las tensiones existentes en nuestro país entre las corrientes ideológicas de la Tradición y las de la Ilustración en la cultura argentina de su tiempo y de los “varios frentes” en que instaló su lucha.

Estos frentes eran el sarmientismo, a cuyo ideal de urgente progreso popular desacredita para evitar el cambio cultural compulsivo y su consecuente pérdida de identidad; el mayismo, al que niega para ahuyentar la idea de que la Argentina comenzó a “ser” a partir de 1810 y de que deben olvidarse los siglos pasados de su cultura; el indigenismo, que rechaza sobre todo para refutar a quienes falseaban testimonios aborígenes y creaban así una fisonomía artificialmente reconstruida para la faz americana de nuestro país; el hispanismo, que reinterpreta como dirigido a una España más histórica y aldeana que a la que le fue contemporánea; el gauchismo, que repudia por temer que el raudal de literatura “gauchesca” , debido a su masivo prestigio y creciente pérdida de calidad a partir de su cumbre en el Martín Fierro de Hernández, suplantara a la tradición del folklore literario en el país; el romancismo, por observar que los estudios sobre el romancero oscurecían en el mundo hispánico a los de las otras formas poéticas por el documentadas, en particular la “décima” con su sentido popular de “glosa”; y el diletantismo folklórico, que es otra forma de mistificación de la cual se aparta explícitamente desde su primer libro, Antiguos Cantos Populares Argentinos. Cancionero de Catamarca, cuando deja testimonio de que fue pionero en estudiar “la poesía popular en su verdadero terreno, en su faz científica, con criterio positivista, aplicando los métodos de la historia, de la arqueología o de la paleontología”. El rechazo que a veces parece advertirse en Carrizo hacia los materiales surgidos de la Encuesta Folklórica del Magisterio de 1921 y hacia las obras técnicas derivadas de ella tiene, sin duda, relación con todos los frentes antes mencionados que en la Colección de Folklore de alguna manera creía ver reflejados y hacia los cuales el estudioso mantenía un visceral sentimiento de alteridad.

Como se ve, algunas de estas aprehensiones de Carrizo pueden compartirse en la actualidad y otras sólo explicarse en el contexto histórico de su lugar y de su tiempo.

CARRIZO FOLKLORISTA
Tras la copla, el romance
y el villancico,
la décima a lo humano
y a lo divino…
allá va Juan Alfonso,
con doña Pichu.

Juan Alfonso Carrizo fue, ante todo, un cabal receptor del tesoro cultural de su pueblo. No era, como científico, alguien que aspirara a inscribirse, con aportaciones propias, en las corrientes metodológicas consideradas “novedades” entre sus contemporáneos. Él construyó su método a partir de sus muchas lecturas y de los procedimientos que le resultaron más efectivos y que explica con generosidad y llaneza en los ricos Estudios preliminares de sus Cancioneros. Hoy diríamos que utilizó un método “monográfico” para documentar , en un área geográficamente extensa, solamente los cantares tradicionales, si entendemos, en cambio como “integral” al método que, según propuesta del doctor Cortazar ( 1949), recoge la totalidad de los fenómenos folklóricos de un área reducida. Pero las eruditas y jugosas notas que acompañan al material publicado nos hablan a las claras de la integralidad vivencial de Carrizo respecto del folklore del noroeste argentino, única área que, en lo personal, eligió como campo de su experiencia.

Como lo dice en su notable biografía el profesor Jacovella (1963), Carrizo estaba “poseído realmente del ‘alma del pueblo’, impregnado de la sensibilidad aédica y la técnica juglaresca”, por lo que incluso los retoques que pudo dar a versiones incompletas o deterioradas por la mala memoria de ciertos informantes, le serán perdonados como lo serían en el proceso de autocorrección popular. Lo mismo hizo, y confiesa, el ejemplo mayor y guía de hispanistas don Ramón Menéndez Pidal, respecto de varias piezas de su Flor nueva de romances viejos ( Buenos Aires, Espasa Calpe Argentina, 1938).

Jacovella interpreta exactamente la relación que Carrizo tenía con la ciencia del folklore y él mismo la comparte porque correspondía a una época del desarrollo de tales trabajos en la Argentina; época que fue la más feraz, no sólo en cuanto a documentación, sino también en cuanto a estudios comparados y a formulaciones teóricas coincidentes con el espíritu que fundó la disciplina en el mundo entero. Y fue precisamente Juan Alfonso Carrizo el autor de la primera Historia del Folklore Argentino (1953), obra de utilidad inigualable en estos temas.

Lo más grandioso –esa es la palabra- de la obra édita de Carrizo son sus Cancioneros. Después del ya mencionado de Catamarca publicó el Cancionero popular de Salta (1933), el Cancionero popular de Jujuy (1935), los dos tomos del Cancionero popular de Tucumán (1937) y los tres del Cancionero popular de La Rioja (1942). Una consecuencia de los Cancioneros, y feliz aportación para la Filología comparada, es el impresionante volumen de sus Antecedentes hispano-medioevales de la poesía tradicional argentina ( 1945 ), donde afirma y difunde sus lúcidas consideraciones sobre la presencia de la glosa española en América, tema en el cual fue pionero y generoso alentador, como se evidencia en el apoyo dado, desde el Instituto Nacional de la Tradición, al estudioso mexicano don Vicente T. Mendoza, autor del volumen La décima en México. Glosas y valonas ( Buenos Aires, Ministerio de Educación y Justicia, Instituto Nacional de la Tradición, 1947 ) que trabajaba sobre estos temas en su país.

La décima espinela, como estrofa popular improvisada y como módulo de las glosas “a lo humano” y “a lo divino”, había caído en el olvido en España para casi todos los estudiosos con excepción, decía Carrizo, de los trabajos de don Aurelio de Llano y de don Alberto Sevilla, en Asturias y Murcia, respectivamente. Esto ha sido reconocido en la actualidad, por ejemplo, por el profesor Samuel G. Armistead , distinguido estudioso del romancero, quien lo acepta en su estudio sobre “La poesía oral improvisada en la tradición hispánica” con que fue inaugurado el primer Simposio Internacional sobre La Décima y el Verso Improvisado, realizado en las Palmas de Gran Canaria, en 1992, con la coordinación del catedrático de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, doctor Maximiano Trapero. Las Actas de este Simposio se presentan, por lo demás, como la respuesta –acrecentada con materiales iberoamericanos – que España da hoy a aquel requerimiento de Carrizo.

A los más de setenta trabajos que publicó en vida Juan Alfonso Carrizo deben sumarse algunos de aparición póstuma y otros inéditos entre los cuales se cuentan los dos tomos – hasta el momento desconocidos- que su familia ha librado ahora generosamente para su edición: Historia sinóptica / de la poesía tradicional/ en el pueblo campesino/ de la República Argentina. Desde la segunda mitad del siglo XVI hasta la primera del siglo XX (275 fs., tamaño oficio mecanografiadas a un espacio ) y Cantares hispanoamericanos que configura lo esencial del presente volumen. Los restantes trabajos inéditos figuran, todos, en la compilación bibliográfica que hemos elaborado sobre la base de la más completa hasta ahora conocida que publicó en Cuadernos del Instituto Nacional de Investigaciones Folklóricas su director, Julián Cáceres Freyre ( Buenos Aires, Dirección General de Cultura, Ministerio de Educación y Justicia, nº1, 1960) y de la más actualizada, compilada por la licenciada Sonia Assaf en 1995, que toma como base, para acrecentarla, la de Horacio Jorge Becco ( Cancionero tradicional argentino, Buenos Aires, Hachette, 1960). Cabe señalar que, como la Bibliografía de Juan Alfonso Carrizo de Sonia Assaf se publicó en 1997, dentro del tomo titulado La cultura en Tucumán y en el Noroeste Argentino en la primera mitad del siglo XX ( Tucumán, Fundación Miguel Lillo, Centro Cultural Alberto Rougès, 1997), su autora no tuvo oportunidad de rectificar la condición de “obra inédita” para el tomo titulado Rimas y juegos infantiles. Volumen I, que apareció editado por el Instituto de Literatura Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Tucumán, en 1996.

CARRIZO HISTORIADOR
De boca en boca llegan
muchas memorias,
pero don Juan Alfonso
no se conforma:
para rastrear su origen
entra en la Historia.

Sin ninguna duda, el método utilizado por Juan Alfonso Carrizo era de filiación histórico-cultural. Siempre se desveló por conocer el origen de los hechos que estudiaba y su extraordinaria biblioteca es como el testimonio palpable de los itinerarios que siguió el investigador en tal sentido.

Además, Carrizo se preocupó por la historia de la ciencia del Folklore en la Argentina. Sobre este tema publicó en 1938 un primer trabajo en el tomo 4, primera sección, de la Historia de la Nación Argentina que editó la Academia Nacional de la Historia, bajo la dirección del doctor Ricardo Levene. Es el titulado “Folklore y Toponimia”, donde esboza ya una visión cronológica de las investigaciones realizadas en nuestro país en las disciplinas indicadas, con importantes juicios críticos sobre los estudiosos y las instituciones de su tiempo. Sobre esa base elaboró más tarde la ya citada Historia del Folklore Argentino.

La relación de Carrizo con la historia se establece también en forma directa cuando incluye cantares de tema histórico-político en sus Cancioneros y cuando los reúne en su libro de 1939 Cantares históricos del norte argentino.

Un aspecto que debe mencionarse aquí es el de la presencia de lo que fue denominado “supervivencias” de las culturas aborígenes prehispánicas en el cancionero folklórico argentino. Carrizo estudió profundamente toda la documentación y la bibliografía que se encontraban a su alcance sobre las culturas aborígenes del territorio que recorría, tanto en los aspectos lingüísticos como en los animológicos, sociológicos y ergológicos ( para utilizar la clasificación tripartita que Bruno Jacovella da a conocer en su excelente Manual-guía para el recolector, La Plata, Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, Instituto de la Tradición , 1951).

Lo mismo que Carlos Vega, padre de la Musicología argentina, con respecto a las corrientes europeas que generaron los bailes “sociales” de nuestro folklore , Carrizo llegó a la conclusión de que la poesía de los cantares campesinos “del país” –coplas de toda forma, décimas ( glosadoras y sueltas ), romances monorrimos españoles y criollos en cuartetas, encadenados, piezas con intercalaciones de series predeterminadas de conceptos, adivinanzas, etc.- deriva del cancionero cortesano español . No obstante señala en cada caso, con gran erudición de etnólogo y de lingüista, los ascendientes indígenas de objetos, costumbres y creencias que proceden de las culturas prehispánicas hoy estructuralmente desintegradas y, que, sin solución de continuidad, se mantienen hasta la actualidad como bienes vigentes, ocasionalmente citados en el texto poético de los cantares folklóricos.

Estas “supervivencias”, concepto hoy en desuso que estuvo en boga entre los científicos de un período determinado en la evolución de la teoría del Folklore, son en verdad – me interesa afirmarlo – “vivencias” populares, como cualquier otro bien incorporado, no importa su origen, al río de su tradición cultural. Lo mismo que los romances españoles que mantiene en su memoria el pueblo de Iberoamérica – y acaso aún también de otros lugares del mundo, como las islas Filipinas- configuran para sus portadores una “tradición” plena y no una “subtradición” como, desde el enfoque meramente erudito, se los conceptúa en algunos sectores especializados de la Filología hispanística.

Acoto esto aquí porque en los últimos años se han formulado, abierta o veladamente, a Juan Alfonso Carrizo, algunos reproches a los cuales desde estás páginas debo responder.

Uno de esos reproches es el de no haber publicado muestras de una poesía “proletaria”, que parece querer reconocerse no por el tema en sí de la pobreza y de la protesta, tan abundantemente presente en los Cancioneros, sino por el manejo de determinada terminología internacionalmente difundida a esos efectos. Nuestro consejo es que estos estudiosos recurran a la producción, a veces registrada en periódicos o difundida en los libritos in 8º coleccionados por Quesada y Lehmann-Nitsche , que se conservan en Alemania en la Sección Argentina de la Biblioteca Criolla del Instituto Iberoamericano de Berlín y cuyos títulos hemos contribuido a difundir al publicar una nómina casi completa de la colección Lehmann-Nitsche ( Fernández Latour, O., “ Poesía popular impresa de la colección Lehmann-Nitsche”, en Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología, nº 5 – 7; 1967-1972 ). Allí se recogen a veces letras de los llamados “payadores libertarios”, generalmente anarquistas, que tuvieron una abundante e interesante producción dentro de este género. Carrizo, en cambio, recogía lo que arrastraba el río de la oralidad – aunque los cantores hubieran recurrido a la ayuda de algún cuaderno manuscrito para salvar olvidos- y, excepto lo que separó, por pruritos morales, para su inédito Cancionero tabernario, nada quedaba excluido de sus corpus poéticos.

En algún otro caso, asimismo, se reclama la ausencia en los Cancioneros de Carrizo de lo que llaman una poesía indígena o “mestiza”, una poesía en la que afloren “la religiosidad aborigen” y los rasgos poéticos en los que el “mestizaje” manifieste su identidad.

Este tema merece un párrafo mayor porque es en sí complejo y porque, aparentemente, podría derivar del hecho cierto de que Carrizo apreciaba, por sobre todos los valores del folklore poético del NOA, su condición de literatura emergente de una actitud cristiana ante la vida. No ha sido así realmente y el estudio profundo de la obra de Juan Alfonso Carrizo conduce a la seguridad de que, para él, y pese a su ideología y a su creencia, primero fueron los hechos con su verdad objetiva y luego la elaboración de su teoría sobre el canto popular en el noroeste de nuestro país. Así lo dice en su Historia del Folklore Argentino: “Un cancionero debe reflejar fielmente el ambiente espiritual de un pueblo en el momento en que fueron recogidas las piezas. Lo que es una planta para un naturalista, un cacharro para un arqueólogo o un fósil para un paleontólogo, es el cantar tradicional para el investigador folklórico: una pieza documental y nada más” (p.107).

En cambio, los trabajos de que nos ocupamos, elaborados a partir de lo que podría llamarse un enfoque transversal de los materiales referenciales – los Cancioneros de Carrizo y de Orestes Di Lullo para Santiago del Estero- se caracterizan por su intención condicionada a un resultado presupuesto. Se trata de hallar ya sea aportes de la religiosidad aborigen , ya sea revelaciones estrictamente poéticas del universo indígena que, en los Cancioneros del NOA y en piezas en castellano o en quichua, emerjan como indicadores de un patrimonio cultural “mestizo”, que estos investigadores, de buena fe, consideran hasta hoy oscurecido, acaso por el prejuicio.

El tema elegido es sumamente interesante y, ciertamente, toda vez que se halle tales piezas en la tradición popular, nos encontraremos ante un material de suma importancia para reconstruir el universo espiritual y artístico de los pueblos que habitaban el Tucumán y sus zonas de influencia antes de la conquista española. Lo mismo ocurriría si se tratara – para citar distintos campos funcionales y temáticos del cancionero popular en todo el mundo- de cantos de trabajo, canciones infantiles o que las madres entonaran a los niños, cantares de amor o de guerra, humorísticos o fúnebres, de verano o de invierno, etc., etc…. ¿Quién no desearía poder alcanzar la plenitud de aquellos universos culturales cuyos dispares desarrollos en diversas comarcas de América debieron alcanzar, sin duda, valores humanos de importancia inimaginable? Nadie, y menos que nadie, Juan Alfonso Carrizo.

La lectura objetiva de su obra revela que Carrizo siempre destacó los rasgos aborígenes pre o poscolombinos que hallaba en la poesía popular noroéstica. Esta poesía tradicional y anónima, que don Juan Alfonso conocía en buena parte como patrimonio de su propia habencia, fue siempre considerada por sus portadores como patrimonio “criollo” ya que la voz “mestizo” y sus derivados, en nuestro país, sólo fue usada por los conquistadores en el pasado y por los eruditos en el presente – incluido a veces el propio Carrizo- por haber importado una terminología extranacional. Así, cuando el rioplatense Bartolomé Hidalgo ( 1788 – 1822) quiso que nos definiéramos por comparación respecto de los “godos”, ”gallegos” o “maturrangos”, dijo “aquí somos puros Yndios” ( Un gaucho de la Guardia del Monte contesta al manifiesto de Fernando VII y saluda al conde de Casa-Flores con el siguiente cielito escrito en su idioma ), aunque él mismo no sólo era criollo sino que, según se afirma, tenía también algo de sangre africana. No hay “mestizos” en el Martín Fierro de Hernández, la epopeya gaucha, y sólo una vez se menciona la palabra en el Facundo de Sarmiento, para referirse a personas dedicadas a la música en las ciudades, que seguramente eran descendientes de morenos. El lexema mestizo, en nuestros diccionarios de regionalismos no corresponde a un designador de personas sino que sólo aparece aplicable a un tipo de pan que lleva mezcladas dos clases de harinas. Podría seguir dando ejemplos de la selección antedicha en el habla popular argentina y deberíamos convenir en que el concepto de “mestizo” cultural, con su sentido de mezcla no homogeneizada – y por lo tanto magnéticamente separable- de aportes diversos, ha sido tempranamente desplazado en la Argentina por el de “criollo”, combinación íntima que da por resultado un nuevo tipo humano “de una pieza” . La palabra “criollo”, con carácter de verdadero regionalismo, desterró totalmente el uso de “mestizo” en nuestro país, sin que ello significara que, por sus rasgos físicos, no advirtamos la existencia de mestizos étnicos en todos, absolutamente todos, los estamentos componentes de nuestra sociedad.

Cuando de mezcla idiomática se trata, el ejemplo de las áreas bilingües quichua-castellano de Santiago del Estero nos muestra la creatividad popular que diferencia “la quichua”, de “la castilla” (castellano) y de “la overa”, mezcla esta última de las otras dos lenguas que comparte con ellas su efusión en la expresión poética anónima y tradicional.

Juan Alfonso Carrizo, pese a desearlo con vehemencia , no pudo nunca trasladarse a otros países andinos para continuar su tarea de recolector, pero las compilaciones de estudiosos de Perú, de Bolivia y de otras naciones de la región y las que Isabel Aretz ha logrado en esas tierras, como parte de su brillante labor realizada junto a su esposo Luis Felipe Ramón y Rivera al frente del INIDEF de Caracas , revelan que en aquellos grandes centros políticos y religiosos del antiguo imperio incaico, han podido “salvarse”, como quería Carrizo, no pocas composiciones en que la poética aborigen actualmente viva ha podido ser conocida y valorada debidamente.

Carrizo tenía bien claros estos rasgos y así las describe en distintas páginas de su obra y particularmente en este nuevo libro, al señalar que los aspectos formales de la poética aborigen difieren de los europeos especialmente en la ausencia de rima, por lo que su relación con la música es distinta de la que comparten todas las formas criollas influidas por Iberia cuya unidad constituye la hipótesis de trabajo de los Cancioneros de Carrizo y sus continuadores. En territorio argentino ni siquiera una investigadora como Isabel Aretz, que partía desde la música y ascendía por ella hasta lo poético en caso de que se lo hallara, ha podido realizar mayor acopio de piezas que las que el mismo Carrizo colectó en sus Cancioneros.

El rescate de rasgos de la religiosidad aborigen nos encamina , en cambio, por los senderos de la refuncionalización cultural. El folklore es, lo sostengo, una suerte de inmenso caleidoscopio cuyos los cristales tienen la propiedad de agruparse de distintas maneras y producir figuras cambiantes a cada movimiento. Así es como, en nuestro país, la religiosidad aborigen, particularmente en sus manifestaciones ligadas a la naturaleza, que parecen haber sido las más extendidas y cosmovisionalmente influyentes, encuentra su canalización folklórica, es decir llegan vigentes hasta nuestros días, en las especies narrativas que llamamos leyendas etiológicas o en las que la distinguida discípula de Jacovella , de Cortazar y de Carrizo, Susana Chertudi, denominó “leyendas de creencia”. (Chertudi, The ‘Belief’ legend in Argentina, Helsinki, 1974. Abstract) . Estos relatos fueron posiblemente parte de la poesía mítica aborigen y en ellos los aspectos poéticos se manifestarían –como siempre ocurre en poesía- en la belleza de las imágenes verbales, en los ritmos, en las aliteraciones, en las repeticiones y en todos los demás elementos que configuran un discurso poético más allá de los meros contenidos del relato. Despojados de aquella vestidura estética propia del gusto del grupo étnico que la gestó, el poema aborigen quedó convertido en prosa más o menos bella según el arbitrio de narradores ajenos a los parámetros estéticos de su manifestación original.

Desde este enfoque podría quien esto escribe estar de acuerdo con la línea de indagación que estos investigadores esbozan , pero no con su búsqueda de poesía que hable del indio o del mestizo discriminándolos de la humanidad en general: tal producción sería propia de autores ajenos al grupo portador de la cultura ; obra, en el mejor de los casos, de tradicionalistas emocionales, si no de “falsarios” o de “turistas” , como ha bromeado Jorge Luis Borges ( Borges, “El escritor argentino y la tradición” – conferencia-, 1951 ).

Bien lo ha dicho don Domingo Bravo con referencia a la poesía en quichua de Santiago del Estero: “No hay la menor alusión al indio”. Lo completamos afirmando: “ Esa poesía es realmente auténtica: trata simplemente del hombre”.

Por fin, para completar la afirmación que aquí se deja respecto de la importancia , nunca negada por Carrizo, de los vestigios culturales aborígenes en el folklore de esta parte de América, quiero recordar que, en estos últimos años, la doctora Isabel Aretz, se encuentra en la original y fascinante tarea de intentar la recuperación de la música aborigen a partir de las posibilidades de la organología arqueológica. Este intento de Isabel Aretz, como toda su inmensa obra, complementará lo que realmente falta –con plena conciencia de su recopilador- en los Cancioneros de Carrizo: la música de los cantares. Allí, en la música folklórica, se han mantenido y permanecen numerosos elementos indígenas. Los tenemos en la organología aborigen y criolla de uso hasta nuestros días en las comunidades campesinas. Los tenemos en las escalas, en los adornos vocales o instrumentales, en las configuraciones de especies folklóricas en las cuales el musicólogo halla, sin dificultad, las muestras de una lenguaje que procede de las verdaderas entrañas de América.

Una vez más será necesario reconocer que, en el trabajo científico, las cosas no son como queremos o esperamos que sean sino como en verdad se manifiestan. Y la poesía tradicional argentina del Tucumán se manifestó, al menos hasta mediados del siglo XX, con todos sus rasgos fundamentales, tal como la presentan Juan Alfonso Carrizo y su continuador Orestes Di Lullo, en el Cancionero popular de cada una de sus provincias

Por fin, para cerrar está breve referencia al sesgo historiográfico de las investigaciones incluidas en los Cancioneros de Carrizo, creo necesario mencionar el que dedica a una notable manifestación de sincretismo cultural y religioso. Me refiero a su estudio sobre el Año Nuevo Pacari, el cantar de los “ayllis”, representantes de las antiguas cofradías indígenas que se consagran en la provincia de La Rioja al culto del Niño Alcalde. Este estudio es un modelo metodológico y adquiere pleno interés en nuestros días en que, pese al avance incontenible de la “globalización”, la plaza de la ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja y las de algunos otros pueblos de la misma provincia, vuelven a recibir cada año a esos cantores que, en una deteriorada lengua “quechua” cuzqueña de la que no son hablantes cotidianos, entonan los versos consabidos durante la novena anterior al “tincunaco” . Dicho “tincunaco” es, literalmente el “encuentro” entre dos imágenes religiosas cristianas ya a mediodía del 31 de diciembre de cada año, los “ayllis”, en procesión, con sus arcos y varas abullonados , sus escapularios y vinchas con espejos y su jefe el “Inca” al frente tocando el “tambor” ritual, llevan en andas la imagen del Niño Alcalde hasta se “topan”, frente a la casa de gobierno, con los “alféreces” o representantes del histórico sector hispánico de la sociedad colonial que, de a caballo y portando la imagen de San Nicolas de Bari, patrono de la Catedral y vicepatrono de la ciudad de La Rioja, han de arrodillarse humildemente, santo y cofrades portadores, ante aquella imagen del Niño Jesús vestido como Alcalde del Mundo. Tanto los ayllis como los alféreces de hoy pertenecen al común de la sociedad riojana republicana y contemporánea y la diferenciación de roles que ostentan es sólo simbólica pero ¡ qué inocente y conmovedora es esa dramatización suya que, plena de Fe, trata de recomponer el equilibrio social bajo el amparo de una religiosidad que celebra al Niño y a su Santa Madre pero que no deja de mencionar al sol y a las estrellas, principios vitales de la naturaleza que presidían los cultos de los pueblos andinos!

Esta religiosidad sincrética, desde hace varios siglos acrisolada y compartida por los criollos riojanos, está sabiamente descripta y documentada por Carrizo, quien proporciona varias versiones del cantar que yo misma he oído, muchos años después, en la versión que comienza:

Transcripción ortográfica Traducción

Año Nuevo Pacari El nacimiento del Año Nuevo
Niño Jesús canchari, Alumbra el niño Jesús,
Intitapas llallinchu, Aún al sol vences,
Qollurtapas llallinchu, Aún al lucero ganas.
……………………………… ………………………………………….
Mamay Virgen Copacá, Virgen de Copacabana, madre mía;
Mamay Virgen Copacá Virgen de Copacabana, madre mía.

Carrizo buscó y halló en éste como en todos los casos, documentación fidedigna para la interpretación de hechos culturales sumamente complejos. Toda su obra es la de un historiador de la cultura. De un historiador criollo, hondamente comprometido con esa identidad.

CARRIZO MAESTRO Y EVANGELIZADOR.
De cuerpo y alma somos,
indivisibles,
pero al fin del camino
no es imposible
que el alma cante gozos
y el cuerpo, tristes.

Ya he señalado al comienzo que el del rescate de tesoros culturales emprendido por Juan Alfonso Carrizo fue un recorrido difícil. Debo agregar ahora que, desde la perspectiva que nos ha dado el tiempo, no siempre he podido compartir sus fobias aunque casi siempre haya participado de sus miedos.

Entre las primeras, su oposición anacrónica a Domingo Faustino Sarmiento y su desvalorización juvenil de los gauchescos –que respecto de José Hernández, sobre todo, refleja un cambio en este libro de madurez-, constituyeron actitudes de Carrizo cuyos fundamentos estéticos y culturológicos sólo encubrían a medias, o casi nada, su auténtico origen. Carrizo creía percibir en esas producciones y en las actitudes que las fundamentaban, una carencia de Fe, una propuesta desacralizada para la vida.

Tengo para mí que, en realidad, en ninguno de aquellos gigantes de pensamientos complementarios que fueron Sarmiento y Hernández alentaba tal proyecto destructor pero, como suele ocurrir con todas las construcciones de los grandes ideólogos y creadores, las secuelas extensamente popularizadas de sus obras fueron frecuentemente espurias, manipuladoras de la cosmovisión popular y a su vez manipuladas por intereses ajenos a las esencias culturales de la Patria. A esas acciones sobre la cultura temió Juan Alfonso Carrizo. Y yo también les temo.

Por lo demás, por sobre las ideas, por sobre las aspiraciones y deseos de su ingente humanidad, había en Carrizo facultades espirituales que, de la mano de sus mentores y modelos, lo condujeron siempre por el sendero de la fidelidad a los Evangelios y de la permanente manifestación de su Gracia. Y hasta el final fue así.

Refugiado en el ambiente apacible y armónico de su casa, con el cuidado amoroso de su inseparable esposa doña Pichu, los últimos años de don Juan Alfonso Carrizo parecen haber transcurrido no en el ocio de quien recoge bien ganados laureles sino en el placentero y laborioso recorrer los caminos ya abiertos con el afán de brindar panoramas completos de la existencia peregrina de aquellas formas y temas nacidos de la antigua poética española que seguían identificando el cancionero popular de las naciones y pueblos más diversos, de sur a norte de América.

Como ya lo hemos adelantado, su labor era eminentemente comparatista y esta perspectiva se manifestaba tanto en el plano diacrónico de los documentos históricos como en el sincrónico de los testimonios obtenidos por el mismo Carrizo y por sus colegas durante la primera mitad del siglo XX.

El presente volumen, que ha hecho posible la conjunción de voluntades de la familia de Carrizo, de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro presidida por el doctor Raúl Máximo Crespo Montes, del Museo Histórico de San Isidro que dirige el académico Bernando Lozier Almazán y de las autoridades de la empresa Aguas Argentinas, es una muestra de aquel transitar por los caminos de sus hallazgos que ocupó al estudioso en los últimos años de su vida.

Los originales, mecanografiados y con muy pocas notas manuscritas por el investigador, parecen estar todavía en la etapa del pulimento y de la preparación. Algunas de sus características más destacables son:

– No contienen Sumario ni Indice , por lo que los hemos elaborado a partir de los títulos y subtítulos de sus capítulos.
– No hay listado bibliográfico que sistematice las numerosas citas de libros, artículos y otras fuentes testimoniales que se encuentran en el texto, por ello recurrimos a las citas bibliográficas de sus obras éditas en las que generalmente ha manejado las mismas fuentes. Cuando fue preciso incorporamos otras que utilizaba por primera vez.
– El único criterio que separa sus distintos capítulos es el de los nombres de los países de América cuyos materiales se analizan y en parte incorporan a la obra. No obstante, este criterio parece no haber sido el originalmente adoptado por el autor ya que muchas veces se hace referencia a lo “ya dicho” al tratar el cancionero de naciones ubicadas más atrás en el orden finalmente establecido. El orden en que recibimos los originales no es estrictamente alfabético pero, aunque en el listado hay transgresiones a dicho criterio presumible, creo que sí lo fue en la última intención de su autor. Carrizo estaba armando el tomo pero no pudo terminar de acomodar los materiales según este criterio, que, con sólo el desplazamiento de Ecuador entre Colombia y México – en lugar de entre Nicaragua y Perú, nos da el siguiente ordenamiento de países: Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, México, Nicaragua, Perú, Puerto Rico, El Salvador, Santo Domingo, Venezuela.
– Dentro de los capítulos correspondientes, como se ha dicho, a diversas naciones de América, existen divisiones que, si a veces se muestran coincidentes, no son constantes.
– Es curioso que la obra no posea ningún texto introductorio ya que Carrizo se caracterizó por otorgar gran importancia y rico contenido a los Estudios preliminares y Prólogos de sus libros.
– Algo que debe ser destacado, asimismo, es que en distintas páginas del texto original se habla de “falta de espacio” para desarrollar más extensamente algunos temas. Ello parece estar indicando que este trabajo fue realizado por encargo y con claras acotaciones en cuanto a su extensión, lo cual, por la misma naturaleza de don Juan Alfonso y por la envergadura del banco de datos de que disponía, constituía, sin duda, una molesta traba para el mantenimiento de las características de su voluminosa producción.
– Hemos debido trabajar detenidamente las transcripciones de los textos de acuerdo
con las fuentes citadas por Carrizo, algunas de ellas de difícil acceso. No obstante,
salvo contadas excepciones, no hemos querido incorporar notas para no alargar
esta obra, ya de por sí extensa y editorialmente ardua, y para conservar su carácter
de escrito de su tiempo, lo que define su orientación, su estilo y su metodología.
– Finalmente, desearía sugerir que se tuviera en cuenta el material de la presente obra en relación con su estudio titulado “La poesía tradicional en Hispanoamérica”, publicado en el tomo IV, Siglos XVIII y XIX, Primera parte, de la Historia General de las Literaturas Hispánicas que dirigió don Guillermo Díaz Plaja ( Barcelona, Editorial Berna, 1956, pp. 289 – 314).¿¿¿¿que incluimos en el Apéndice ¿???. Me parece que el artículo de Juan Alfonso Carrizo incorporado por Díaz Plaja a dicho volumen de la citada y magna obra colectiva, es como una síntesis de lo que hoy publicamos o, tal vez, que el presente volumen es un desarrollo mayor de los grandes temas que Carrizo enunció y desarrolló sintéticamente en dicho artículo.

Por lo demás. Es posible que el lector acceda a la cabal inteligencia de esta obra en el designio de Carrizo, tras la lectura del otro tomo inédito ya citado, cuya edición será importante concretar.

Estos dos libros, lo mismo que la finalización del estudio sobre las rimas y juegos infantiles que lo acompañó a lo largo de toda su vida, son , de todos modos, pruebas fehacientes de los ejercicios intelectuales – y para él también espirituales- en que se ocupó Juan Alfonso Carrizo hasta sus últimos días.
Pese a haberse hecho sentir ya los efectos de su afección cardiaca y a que físicamente ello lo sumiera por momentos en la angustia, podemos pensar que los tiempos finales del gran investigador catamarqueño transcurrieron en una calma anímica propia de quien deja un deber bien cumplido. Había construido un gran monumento literario, lo había cimentado en la verdad y lo había consagrado a la Gloria de Dios.

CLAVES
“En esta vida emprestada
el bien vivir es la llave.
Aquel que se salva, sabe,
Y el que no, no sabe nada”

Esta cuarteta anotó
Don Juan Alfonso Carrizo
Y con esa llave abrió
Las puertas del Paraíso.

En 1955 Juan Alfonso Carrizo se retiró de la función pública y dos años después, el 18 de diciembre de 1957, falleció en su casa de Beccar, cerca de San Isidro, linda localidad residencial próxima a la ciudad de Buenos Aires.

Toda nueva aportación sobre la poesía tradicional de los diversos pueblos y naciones de Iberoamérica debe ser, y es, aunque su autor no se lo proponga, un homenaje a la memoria del argentino Juan Alfonso Carrizo, que fue su máximo salvador en la labor de campo y su más erudito descriptor, hermeneuta y comparatista en el trabajo de gabinete.

La feliz circunstancia de que su familia haya conservado importantes obras no publicadas, y hasta ahora desconocidas, del ilustre investigador, me permite sumar estas páginas -introductorias a la edición de una de ellas- a los homenajes propios y ajenos del pasado y librar los textos inéditos a los lectores del porvenir con un marco bio-bibliográfico y crítico como elemento de referencia.

LOS HOMENAJES DE OTROS
Quien a don Juan Alfonso
ha conocido
olvidarlo seguro
que no ha podido.,
mas nadie ha superado,
clavo y canela,
por su gran biografía,
a Jacovella.

• Es seguro que en muchos lugares de América así como en España y en el resto del mundo se habrán publicado trabajos críticos y se dedicado homenajes específicos a la obra de Carrizo. No creo estar en posesión de un listado completo de tales trabajos – que debería elaborarse- de modo que dejo como grata carga para quien escriba para la introducción al segundo tomo inédito del ya mencionado legado de sus sobrinos, la inclusión de dicha bibliografía. Estoy segura de que en ella aparecerán siempre en lugar de honor los escritos de Bruno Cayetano Jacovella, su amigo y colaborador más entrañablemente próximo, especialmente su magistral biografía titulada Juan Alfonso Carrizo (Ministerio de Educación y Justicia, Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1963) que , según su autor, debió llevar por subtítulo “Tradición e Ilustración en la cultura argentina”.

MIS PROPIOS HOMENAJES
¿Cosa y cosa? pregunté .
¿Qué cosa? Me respondía.
Alguien que tan poco he visto
Y sin embargo me guía.

Respuesta: Don Juan Alfonso Carrizo.

Hablo de homenajes propios pese a haber dejado para otra oportunidad los ajenos ya que, en este estudio preliminar, he retomado ideas y aún algunos textos pertenecientes a trabajos míos que tuvieron como tema la personalidad y la obra de Carrizo. No podía ser de otro modo porque, si abracé prioritariamente la investigación del folklore poético argentino, fue por sugerencia del mismo don Juan Alfonso y porque sus colecciones de poesía popular, las líneas fundamentales de su heurística, de su crítica y de su interpretación de los hechos fueron y son el alimento cotidiano de todos mis trabajos filológicos y folklorísticos.
Lo conocí en una tarde de otoño de 1954 cuando me acerqué a la casa de altos de la calle Güemes esquina Gallo, en el Barrio Norte de Buenos Aires , donde funcionaba el Instituto Nacional de la Tradición, para saludar a quién había sido mi primer profesor de Folklore en la Escuela Nacional de Danzas, el ilustre tucumano Bruno Cayetano Jacovella, que estaba a cargo de la Secretaría Técnica. El Director y forjador del Instituto era Juan Alfonso Carrizo y allí lo vi algunas pocas veces .
Su presencia era imponente. La gracia bonachona que se escondía en el fondo de sus ojitos brillantes, algo hundidos en el rostro moreno y de dimensiones armónicas con aquel cuerpo suyo singularmente grueso, no llegaba a paliar el sabor a medroso respeto con que los jóvenes de entonces – unos pocos osados- nos acercamos a su despacho para conocerlo personalmente, sin pensar siquiera en entablar un verdadero diálogo con él. Yo misma, pese a llegar literalmente “apadrinada” por el profesor Jacovella – quien me honró siempre al decirme su ahijada – sólo conservo dos recuerdos personales de Carrizo. Ambos son del mismo año en que lo conocí.
El primero de esos recuerdos es la dedicatoria que puso en el ejemplar -hoy tesoro de mi biblioteca- de su Historia del Folklore Argentino, aparecida el año anterior. En ella están presentes su prodigiosa memoria del verso popular, la posesión participante que Carrizo tenía de ese patrimonio, la caballerosidad del señor provinciano y el gusto de linaje hispano-medioeval por los juegos de palabras y los enigmas. Carrizo no fue nunca un versificador: fue un registro vivo del verso tradicional y popular noroéstico. Retorno a la anécdota de la dedicatoria e imagino el vertiginoso viaje por el vasto panorama del coplerío anónimo que su mente, comparable en capacidad de recuperar recuerdos a la del memorioso Funes de Borges ( y acaso uno de sus modelos), habrá ejercitado en el momento de escribirla . Descartó convenientemente, de entre muchas, la que solía aplicar a las ñatitas:
Debajo de su nariz
Se acuesta a dormir la boca,
No puede agarrar el sueño
Porque la sombra es muy poca…

( que ya le había suscitado risueños problemas) y optó por la que sigue:
Si eres rubia no lo sé,
Si eres morocha tampoco;
Desde que tus ojos vi
No veo más que tus ojos.

COPLITA
Coplita galante y espiritual, apropiada para la circunstancia de dedicar su libro a una muchacha desconocida para él hasta entonces pero que le era presentada por un querido amigo: aquella jovencita cuya particularidad física mayor era la de tener pelo oscuro y ojos celestes. También escribió: “A ti, Olga Fernández Latour, con todo afecto”.
Como por esos años cursaba yo los niveles finales de la Alianza Francesa de Buenos Aires y realizaba estudios de francés antiguo en el Instituto Francés de Estudios Superiores, el señor Jacovella sugirió a Carrizo me encomendara la traducción de algunos textos de la obra de I. Becq de Fouquières titulada Les jeux des anciens:leur description, leur origine, leurs rapports avec la religión, l’histoire, les arts et les moeurs, de cuya edición realizada en Paris en 1860 el Director poseía un ejemplar en su extraordinaria biblioteca. Carrizo preparaba por entonces su obra sobre Rimas y juegos infantiles, cuya primera parte habría de ver la luz por encomiable empeño del Instituto de Literatura Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Tucumán, en 1996. Sé por confidencias de Jacovella que, desde entonces, cuando se refería a mí, Carrizo solía hablar de “Mademoiselle Becq de Fouquières” aunque, en verdad, la autoría de aquellas traducciones correspondió en buena parte a mi padre, Enrique Fernández Latour, y que hasta intervinieron en la decodificación de algunos textos otros funcionarios, nacidos en Francia, de la Embajada de ese país donde papá se desempeñaba como Agregado de Prensa.
El segundo recuerdo que tengo de Carrizo fue su recomendación hecha en mi presencia al señor Jacovella: “Esta niña debe dedicarse a estudiar la poesía popular. Tiene oído para el verso”. Había definido mi destino en el campo de la investigación y siempre traté de no ser infiel al mandato del insigne maestro.
Me queda la modesta satisfacción de haber logrado que en 1995, con motivo de su centenario, las autoridades de la Secretaría de Cultura de la Nación auspiciaran un gran homenaje público a Juan Alfonso Carrizo que se realizó en la Biblioteca Nacional y en el cual intervinieron como disertantes los académicos José Edmundo Clemente, Jorge Calvetti y Julián Cáceres Freyre y hubo cantares y danzas realizados por docentes y estudiantes del Instituto Nacional Superior del Profesorado de Folklore . En el mismo año tuve el honor de ser invitada por el Embajador argentino en España, doctor Guillermo Jacovella – sobrino de don Bruno- a pronunciar una conferencia en Casa de América de Madrid sobre la vida y la obra de Carrizo, texto que fue reproducido luego en Cuadernos Hispanoamericanos del Instituto de Cooperación Iberoamericana (Madrid, noviembre 1995) bajo el título de “En el centenario de Juan Alfonso Carrizo”. También participé como disertante en el emotivo homenaje que se le rindió, con el auspicio de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro, en el Museo Histórico de esta localidad.
Dejo constancia, por fin, de que, en mi intención, todo homenaje que tributo a Juan Alfonso Carrizo es también un reconocimiento a su amigo y colaborador, el profesor Bruno C. Jacovella, pues no me explico al uno sin el otro, ni me explico a mí misma, en los umbrales de mi iniciación como exploradora del pasado-presente de la cultura argentina, sin la conducción luminosa de Jacovella y el referente monumental de la obra de Juan Alfonso Carrizo.
Y si también se me permite, como homenaje propio, el hacer mías las bellas palabras que, en 1939, dejó el doctor Alberto Rougès en una de las cartas de su extenso epistolario con el investigador catamarqueño, quisiera incluir aquí las que, al darle tan vibrante reconocimiento en vida, bien pueden también servir de justo y fervoroso epitafio a don Juan Alfonso Carrizo:
Bendita sea la hora en que Ud. ha nacido,
benditos sean los pasos providenciales que lo llevaron hacia el sagrado tesoro,
hacia la revelación de nosotros mismos,
de nuestro origen,
de nuestro destino.


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