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La Argentina de los bicentenarios: “Gobernar es poblar” ”

Marzo 31, 2010 in OTROS TEMAS | Comments (0)

Por Olga Fernández Latour de Botas

Académica de la Historia

El 31 de mayo de 2002, a ciento cincuenta años del Acuerdo de San Nicolás, evocamos de diversas maneras no sólo la concreción de esa meta política sino también la publicación de diversas obras de grandes estadistas argentinos que prepararon el terreno para ella y para la sanción de la Constitución Nacional de la Confederación Argentina un año más tarde, el 25 de mayo de 1853.

Varios años después de aquellas conmemoraciones y en las actuales circunstancias, es imposible quedarse en especulaciones teóricas y las palabras de aquellos hombres que creyeron, pensaron y actuaron para asegurar la organización institucional del país aparecen actualizadas con singular funcionalidad. En efecto, las necesidades de orientación social y política que hoy nos acosan podrían satisfacerse, en buena parte, si retornáramos a las líneas fundamentales del pensamiento de los próceres que vivieron en aquel tiempo de inflexión histórica y que han sido recordados en conjunto por la estudiosa entrerriana Beatriz Bosch en una síntesis memorable sobre “Fuentes y autores de la Constitución Nacional” *.

Más allá de la enumeración orientadora se impone hoy la lectura de aquellos textos precursores de Florencio Varela desde “El Comercio del Plata” (1845), de Esteban Echeverría en “El Dogma Socialista” (1846), de Domingo Faustino Sarmiento, tanto en “Facundo. Civilización y Barbarie” ( 1845) como en “Argirópolis” (1850) y en diversos artículos periodísticos aparecidos por esos años en “La Crónica” , “La Tribuna” y la revista “Sud América” (1851), de José Mármol en “La Semana” y Bartolomé Mitre en “Los Debates”, ambos en 1851, del futuro codificador Dalmacio Vélez Sársfield en “El Nacional” y de Mariano Fragueiro con sus “Cuestiones Argentinas”, ambos en 1852, así como de los trabajos preparatorios de los miembros de la Comisión de Negocios Constitucionales encargada de redactar la carta fundamental de la Nación, que incluyó a Juan María Gutiérrez, José Benjamín Gorostiaga, Manuel Leiva, Pedro Ferré, Pedro Díaz Colodrero, Santiago Derqui, Martín Zapata, Juan del Campillo y Salustiano Zavalía.

Si existe una constante persistente en el trasfondo de todos aquellos escritos de estilos tan diversos es la de una visión de la Argentina estancada por causa de “el desierto”. “El desierto” – la vasta extensión en la cual no es posible hallar el consuelo y el apoyo de comunidades arraigadas, de poblados donde la industria del hombre haya vencido a las fuerzas adversas de la naturaleza o se haya aprovechado de sus bondades mediante el cultivo de los bienes que espontáneamente se le brindan- ha sido recorrido críticamente por aquellos hombres preocupados por la constitución de una República moderna. Por ello es que, a su vez, la idea obsesionante del desierto, recorre las páginas de sus escritos y se yergue como el principal obstáculo para cimentar políticas de progreso y proyectarlas hacia el porvenir.

Varios de estos trabajos, destaquémoslo, fueron publicados en el exterior, particularmente en Chile, desde donde la historia nos muestra en los argentinos emigrados una particular lucidez de miras hacia su patria. Y a los que vieron la luz en la nación trasandina debe sumarse, precisamente, la obra que reunió los principios fundamentales de la Constitución Nacional de 1853: “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina” de Juan Bautista Alberdi, aparecida en Valparaíso el 1º de mayo de 1852

La figura de Alberdi, polifacética y controvertida, se presta tanto para la digresión amena como para la reflexión rigurosa. Fue un original – casi un “raro”- en algunos de sus escritos literarios; un innovador –casi un transgresor- en cuanto a sus ideas sobre música y pedagogía musical; un bien intencionado para-historiógrafo al sostener su tesis de “El Crimen de la Guerra”; un revolucionario cuando pensó en la inmigración como recurso para alimentar la emergencia de factores que inspiraron su axioma más célebre inserto en el Capítulo XXI de las “Bases” : “En América, gobernar es poblar”.

En el sesquicentenario de la manifestación pública de tal pensamiento acuñado por el prócer tucumano se nos impuso la reflexión actualizada y la praxis urgente de ese mismo mandato social que sólo puede cumplirse mediante un plan político que involucre a todos los estamentos del cuerpo social argentino. En mayo de 2008, cuando los gobiernos instalados en las ciudades deben mostrarse particularmente interesados en solucionar los conflictos con el campo y con sus habitantes, queremos centrar nuestras reflexiones no en la producción, en sus gravámenes y en sus regalías, sino en la instalación humana en los territorios rurales, en su calidad de vida, en su patrimonio cultural.

Gobernar es poblar. Pero ¿qué es poblar hoy? Ya no, evidentemente el pensar en traer rubias familias europeas necesitadas de apoyo: bastantes de nuestros nativos están mostrando diariamente que no se benefician con los derechos ni pueden cumplir con los deberes de auténticos pobladores de la Argentina. ¿Qué es poblar hoy en una nación con escaso analfabetismo pero con inmensas carencias referidas a mala salud, desnutrición, desorganización familiar, falta de contención social y tantas otras lacras que la mera alfabetización no pudo erradicar? Poblar era, en 1879, lograr el acceso de cada familia a cierto supuesto mínimo de planificación social, lo que se resumía, según José Hernández le hizo decir a su gaucho Martín Fierro (Canto XXXIII de “La Vuelta/…”) en que : “debe el gaucho tener casa, /escuela, iglesia y derechos”. Hoy, como entonces, debe el hombre tener básicamente eso y para tenerlo debe vivir – poner su casa- bajo el amparo de un diseño poblacional que reúna aquellas entidades indispensables: la que proporciona la educación, la que conforta el espíritu por la Fe y la que administra la justicia. Convengamos en que, en la sociedad del siglo XXI los derechos de las personas incluyen también el contar con centros de salud bien equipados, servicios básicos , buenas rutas de acceso y medios de comunicación: el esfuerzo mancomunado de los pobladores y el apoyo de los gobernantes van a poder proporcionarlos si se actúa con firmeza y honestidad sin claudicaciones.

La célula social básica ha sido y es la familia y por ello poblar no es construir barrios de ocupación circunstancial cercanos a establecimientos industriales, o fomentar la instalación precaria de villas de emergencia, o disimular la mendicidad de personas “sin techo” bajo la apariencia de actividades superfluas y nocivas. Poblar es crear instalaciones humanas con voluntad y posibilidad de permanencia, fundar aldeas orgullosas de su identidad, inventar nuevos “pagos” o “querencias” para la gente que ha perdido los de sus ancestros y que tiene derecho a recuperar una vida plena.

Los pueblos generados por esta acción han de volver a una estructura virtuosa , cuyo centro, espacio potenciado por valores sacrales y simbólicos, será la plaza. Una instalación humana del tipo “barrio obrero”, ubicada de modo que mire a una autopista, como la mayor parte de las de moderna construcción, configura un espacio inestable. Se presenta como una alternativa circunstancial para la vida, como un lugar de tránsito, de aceptación temporal para quienes, en definitiva, han de querer salir de ella para sumarse a los “felices” que, encerrados en cápsulas automotrices y con la vista fija en un utópico “más allá”, se encaminan hacia la meca urbana donde están los clubes de fútbol, las figuras del deporte y la televisión, entre otros paraísos artificiales forjados por lo que Umberto Eco llamó “la estrategia de la ilusión”.

El diseño del poblado ideal, del “pago” que necesitamos como célula activa para la reunión de las familias hoy desconcertadas que desean volver a fundar la República, no es una agrupación de viviendas precarias en las que parece que no vale la pena pensar como algo cimentado con esfuerzo y levantado para la posteridad; no es, lo repetimos, un asentamiento de personas que han elegido como modelo de existencia la de los que pasan por el viaducto o la autopista y que, sin proponérselo -y aunque lo haga cada uno de ellos con su cruz a cuestas- , siempre ha de parecer que llevan consigo las claves de una felicidad de imagen mediática, alimentando en sus espectadores un cúmulo creciente de deseos insatisfechos, generadores de violencia.

El pueblo – el poblado- que necesitamos es aquel que se construya mirando hacia su mismo centro, orientado hacia su propia plaza entendida como el espacio aceptado para la sociabilidad, para la solidaridad endógena, para la comunicación, para la fiesta y para el duelo compartidos por quienes se sientan integrantes legítimos de una verdadera comunidad.

Para quien deba unir por carretera puntos distantes de cualquier provincia argentina, a poco andar, el desierto vuelve a aparecérsele como fantasma de sus miserias. Se trata ahora de desiertos alambrados, es cierto, pero son desiertos al fin porque lo que no hay en ellos son personas que expresen manifestaciones de vida en comunidad. Que cada tanto se vean grandes silos supuestamente pletóricos de frutos del esfuerzo agrícola, o que en leguas y leguas de trayecto algunas veces aparezcan como inmensos insectos metálicos maquinarias rurales conducidas por algún solitario trabajador, no cambia nada. Cultivos extensivos cuyos precios internacionales no permiten dar valor a la creatividad de las personas son la base de los programas macroeconómicos del país… pero nos estamos perdiendo lo mejor. Nos estamos perdiendo lo que muchas otras naciones tecnológicamente avanzadas han fomentado para asegurar el equilibrio existencial de su población. Me refiero a las actividades propias de cada comunidad, a las procedentes de una tradición pre-existente o a las que fundan nuevas tradiciones para el porvenir. Me refiero a micro emprendimientos orientados hacia el cultivo de vegetales delicados o a la cría de animales costosos, a la elaboración de conservas especiales, de productos lácteos de alta calidad, de subproductos de la gran producción agropecuaria que caractericen por lo auténtico de sus técnicas a cada pueblo o a cada área poblada del país y merezca así ser garantizado con algún sello de autenticidad que aumentará su valor de venta. Las artesanías tradicionales hallarán mercado para sus ancestrales maravillas. En todos los casos pensamos en productos con un alto valor agregado por su manufactura y también por su presentación en envases lindos, prácticos y característicos. Para llegar a ello estará de por medio una secuencia de auténticos compromisos contraídos entre personas responsables del buen funcionamiento de cada eslabón en la cadena de logros que cerrará con buen éxito las distintas etapas de realización.

Por otra parte, un plan de poblamiento productivo como el que aquí se bosqueja deberá estar sustentado por acciones concretas del estado, entendido este último como la delegación regional del estado-nación. La regionalización auténtica – no voluntarista sino basada en datos concretos que incluirán desde el sentido histórico y simbólico de pertenencia de los pobladores hasta el equilibrio entre las posibilidades de mayor o menor desarrollo productivo del ambiente natural- será condición necesaria para poder llevar a cabo un plan como el propuesto.

Las políticas de apoyo a la comercialización en tiempo estratégico de los productos rurales sólo pueden ser efectivas si se fijan apoyan y controlan bien de cerca. ¿Por qué esperar, por ejemplo, que naciones extranjeras comercialicen la manzana, la naranja, la uva y otros frutos y sus derivados en los momentos de alza y hagan bajar los precios del mercado mundial para cuando lo hacemos los argentinos? El desarrollo de la gobernabilidad regional con polos de conducción internos, además de instrumento de indudable economía administrativa, será el mejor medio para lograr la necesaria asistencia tecnológica y los subsidios o créditos adecuados a cada circunstancia particular.

Dios estará entonces en todas partes pero no atenderá ya sólo en Buenos Aires, como ahora se dice. Por el contrario, será el turismo llegado de las ciudades – argentino y extranjero- lo que alimentará en gran parte la vida de esos pueblos, un turismo atraído por el microclima natural y cultural forjado por una identidad acendrada y orgullosa de sus habitantes, en cuyo medio el citadino se sentirá más cerca de la presencia de Dios. Los pueblos así encaminados han de trasponer pronto la barrera ominosa del hambre – azote incomprensible en la Argentina- y, lejos ya de la mendicidad, recuperada por propio esfuerzo la autoestima, su existencia incluirá no sólo actividades productivas o comercializadoras sino también atractivas celebraciones y fiestas, exhibiciones de destrezas diversas para grandes y chicos, para mujeres y hombres, ferias de artesanías y también – ¿ por qué no?- la más extensa gama de invenciones locales – tecnológicas y hasta científicas- que teñirán de colores irrepetibles el panorama de la vida de cada comunidad. El papel de la mujer será fundamental en este diseño hecho a la medida de sus posibilidades y de sus dotes integradoras y armonizadoras del conjunto social.

Nada habrá en ellos de xenofóbico o discriminatorio para el forastero. No serán poblaciones con identidad negativa, es decir excluyente: esto no estuvo nunca en el estilo de los pueblos criollos argentinos. Todo recién llegado será allí bienvenido como visita y también como nuevo poblador, siempre que su conducta y su trabajo tengan las calidades éticas necesarias para ser aceptadas en el sencillo y justo tribunal de la plaza pueblera, donde cada uno, como siempre fue antes, no necesita más que su decencia para ser acreditado como persona de bien.

“En América, gobernar es poblar” sentenció Alberdi hace 155 años. Su voz resuena ahora como una nueva invitación, como un desafío. ¿Pueblos fantasmas a la vera de vías levantadas? ¿Emprendimientos – no redituables ya – que han dejado caminos olvidados? ¿ Campos sin gente y gente que deambula por las ciudades con resentimiento y sin destino? Cada ciudadano que se duela por esto puede contribuir, de alguna manera, para hacer realidad lo que hoy parece un sueño.

* En La Prensa, Buenos Aires, 6 de octubre de 1982